FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

Este blogue foi criado com o intuito de unir a comunidade lowryana de todo o mundo, a fim de trocar ideias e informação sobre o autor, promover a organização de conferências, colóquios e outras actividades relacionadas com a promoção da sua obra. Este é o primeiro sítio trilingue feito no México sobre o tema. Cuernavaca, México.


Malcolm Lowry Foundation


This blog was created to comunicate all lowry scholars, fans and enthusiastics from around the world in order to promote the interchange of materials and information about the writer as well as organize events such as lectures, colloquiums and other activities related to the work of the author. Cuernavaca, Mexico.


FONDATION MALCOLM LOWRY

Ce blog a été crée dans le but de rapprocher la communauté lowryenne du monde entier afin de pouvoir échanger des idées et des informations sur l'auteur ainsi que promouvoir et organiser des conférences, colloques et autres activités en relation avec son oeuvre. Cuernavaca, Morelos, Mexique.

domingo, 20 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, alquimista




La alquimia surgió entre los griegos y los chinos, los alejandrinos la hicieron progresar al inventar el alambique y, a través de ellos, pasó a los árabes, quienes la introdujeron en Europa entre los siglos XIII y XIV para luego decaer a partir del siglo XVI. Los alquimistas idearon experimentos y perfeccionaron técnicas por las que pretendían lograr la transmutación de los metales. Pero su base era espiritual: a través de la “Gran Obra”, es decir, el hallazgo de la piedra filosofal y el elixir de la inmortalidad, el hombre debía transformarse a sí mismo hasta afirmar su unidad interior y con el Cosmos, del que formaba una parte escindida. Su carácter místico e iniciático llevó a sus practicantes a usar un lenguaje hermético. El Cónsul, como buen alquimista, en muchas ocasiones usa este lenguaje para tratar de las sombras entre las que se mueve y buscar la inmortalidad, de allí el desconcertante anuncio: “¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!”. El Cónsul no aspira a cambiar los metales en oro, ni pretende encontrar la panacea, busca más bien encontrar la permanencia que acaso halló como alquimista, en el último momento: por el fuego... “...caía en el interior del volcán, después de todo debió haberlo ascendido, si bien ahora había ese ruido de lava insinuante que crepitaba en sus oídos horrísonamente, era una erupción, aunque no, no era el volcán, era el mundo mismo lo que estallaba, estallaba en negros chorros de ciudades lanzadas al espacio, con él, que caía en medio de todo, en el inconcebible estrépito de un millón de tanques, en medio de las llamas en que ardía un millón de cadáveres, caí en un bosque, caía...”
En los altos estantes de su biblioteca “miraba, ¡por Dios!, Un Tratado del Azufre, escrito por Michall Sandivogius i. e. en anagrama Divi Leschi Genus Amo: El Triunfo Hermético o la Piedra Filosofal Vencedora, Tratado más completo y más inteligible que cualquiera de los hasta hoy escritos, referente al Magisterio Hermético” y se miraba a sí mismo ¡por Dios!, como alquimista de esos que todavía practican el sutil arte del combate consigo mismo.

FG
Quauhnáhuac
20.05.18

domingo, 13 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, cabalista



Según una antigua tradición la lengua que Dios habla y que enseñó a los hombres en el Jardín, es el hebreo. Se trata de una lengua curiosa porque su escritura carece de vocales, se escriben sólo las consonantes. De allí su ambigüedad y riqueza: el sentido del texto se revela en el momento en que se articula verbalmente o en el que el lector descifra el texto. Por ejemplo “EMET” significa verdad y “MET” muerte, pero como sólo están escritas las consonantes, en realidad la palabra significa ambas cosas para distintos lectores. Muchos pensadores han dicho que la lengua, hablada y escrita, piensa, articula, estructura y reproduce la realidad, pero la mayoría de las lenguas, una vez consolidadas, sólo permiten una única interpretación, mientras que la realidad es multisignificativa. En este sentido el hebreo es una lengua maleable y se parece más al mundo y, como él, permite varias lecturas que aprovecha muy bien la Cábala y El libro del esplendor.
En la antigua literatura hebrea, la Cábala era el cuerpo total de la doctrina recibida, es decir, no sólo la Torá; y las veintidós letras del alfabeto hebreo son las claves para la interpretación. Aquí es donde se ancla la Cábala como un movimiento místico, porque ha entendido que el estudio y la investigación son formas de oración, y exegético porque se ha dedicado a interpretar el texto escrito. Dentro de esta tradición Lowry y con él, el Cónsul, descifra, interpreta, permuta y vincula la relación “yo-mundo”.
El mismo Lowry, en su carta a Jonathan Cape, dice que “...el estrato más profundamente soterrado de la novela, o poema, que la adscribe al mito, lo hace a través de la Cábala.” Firmin vive el último día de su vida como si fuera leyendo un texto escrito de antemano con puras consonantes al que un lector atento y estudioso va poniendo vocales y comprendiendo, en el mismo momento en que va sucediendo, la vida. A lo largo de la novela, el Cónsul está intentando establecer, a través de las Sefirot, la relación entre un mundo inmutable y eterno y el universo perecedero y finito en el que vive: “¿por qué artes fabulosas, sólo comparables por cierto con los caminos y esferas de la sagrada Cábala, habría podido volver a encontrarse en ese estado al que antes había llegado sólo una vez, y muy brevemente, esa misma mañana, ese estado en el que sólo él podía, según ella, «enfrentarse a la situación», ese estado fugaz y precioso —tan difícil de mantener— de ebriedad en que sólo él estaba sobrio?”

FG
Quauhnáhuac
13.05.18

domingo, 6 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, teólogo III

“¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño?”, el endecasílabo es de Borges, pero hace crujir las cuadernas de Bajo el Volcán, este barco silente que hiende el Mar de los Sargazos en el viaje que nunca termina y es de la misma trama de la bengala que traza la ruta de la novela: “¿Le gusta este jardín que es suyo?”
“¿Quién hubiera creído jamás que algún desconocido sentado, digamos, en un baño, en el centro del mundo, pensando míseros pensamientos solitarios, pudiera determinar el sino de todos…?”, el Cónsul está pensando el mundo y lo crea y lo destruye a la vez, como los antiguos Dioses Mesoamericanos “Nel mezzo del puerco cammin di nostra vita...”
Es decir, lo que el Cónsul está pensando mientras chupa un limón o se sienta en el baño, es que el Jardín está aquí, es éste, éste que vemos sin ver todos los días, que nos corresponde y del que somos responsables.
No es casual que todo transcurra el dos de noviembre y que haya procesiones y velas y rezos y muertos a la vera del camino y dolente dolore y toros y feria y borrachos y traiciones. “¿O acaso es porque al través del infierno hay un camino, como bien lo sabía Blake, y aunque no lo recorra, en los últimos tiempos he podido verlo a veces en mis sueños? Me parece ver ahora, entre los mezcales, esa vereda, y más allá, extraños paisajes, como visiones de una nueva vida...”
Pero, hay más, aunque para eso se necesita que el sistema nervioso esté electrizado por el rayo del “mezcal, por favor”, la plenitud del Jardín que se extendía al otro lado de la carretera principal con “campos y boscajes entre los cuales serpeaban un río y el camino de Alcapancingo. (Donde) La atalaya de una prisión se elevaba sobre un bosque entre el río y la carretera que se perdía más adelante, allá donde las colinas purpúreas de un paraíso a la Doré desaparecían en la distancia. (Mientras) En la ciudad, las luces del único cine de Quauhnáhuac, que construido en una colina se destacaba notablemente, se encendieron de pronto; vacilaron un momento y volvieron a prenderse…”, es la convicción (emparentada con “convicto” y con “prisión”) de que  ‘No se puede vivir sin amar’.
Eso es todo: no… se… puede… vivir… sin… amar… Ésta es la conditio sine qua non para vivir en el Jardín, el Paraíso Viviente.
¿Le gusta este jardín que es suyo?
FG
Quauhnáhuac
06.05.18


domingo, 29 de abril de 2018

Geoffrey Firmin, teólogo II

En México, el Cónsul alimentó su corazón con “ochas” y mezcal y su mente con ideas novedosas. Aquí vino a encontrar una solución inesperada “…donde un pueblo nativo genial y pleno de color posee una religión que rudimentariamente podríamos describir como una religión de la muerte” (Carta a Jonathan Cape, 2 de enero de 1946). La teología mesoamericana incorporó la contradicción como primicia e hizo del dualismo el principio esencial. Los dioses, creadores y destructores del mundo, son fuerzas sobrenaturales y están enfrentados unos contra otros, el cosmos es el enfrentamiento mismo. Incesantemente, crean y destruyen el mundo, determinando de este modo la corriente, el devenir incesante del cosmos y la existencia del hombre. El dios creador, seguido por el dios destructor, vuelve a crear. El cosmos es un flujo continuo de fuerzas antagónicas en movimiento dinámico.
La tradición judeocristiana por el contrario, esconde la muerte, oculta su cara descarnada y resuelve el conflicto afirmando una vida después de la muerte, una vida eterna con Dios, es decir, negando la muerte. Y, en ese escenario, la tierra es un campo de batalla porque los hombres son de dura cerviz, los domina el instinto malo y pecan. De modo que el mundo es perfecto y Dios es todopoderoso, pero el hombre es débil y por su pecado el mal está en el mundo. Fue el pecado del hombre lo que convirtió el paraíso en un valle de lágrimas. Expiar esa culpa primordial es su misión, pero como continuamente está sucumbiendo, se hizo necesario el “enemigo”, el demonio que siembra la desgracia con maña y perfidia.
En el mundo Mesoamericano la muerte está presente y el baile con ella es cotidiano, en el mundo Judeocristiano la muerte está oculta y desconocida. En el mundo Mesoamericano la muerte es parte de la vida y la construcción cotidiana incluye a ambas, en el mundo Judeocristiano la muerte está negada y es la sanción merecida por la culpa. En el mundo Mesoamericano la muerte es la recompensa de la vida, en el mundo Judeocristiano la muerte es el castigo de la vida.
Pero, a través de la niebla del alcohol y con “el sistema eléctrico un poco descompuesto”, cabe la duda: “¡Oh, Dios! –dijo el Cónsul-, ¡Dios!, si el sueño del sombrío mago… fuera el fin verdadero de este puerco mundo...”
FG
Quauhnáhuac
29.04.18


Miniatura del Museo del Estanquillo
Fotografía de Alberto Rebollo

domingo, 22 de abril de 2018

Leonardo Compañ


Conocí a Leonardo Compañ en la cuadrilla de los lowryanos de Quauhnáhuac, era la época en que la Fundación Malcolm Lowry hacía mucho trabajo de divulgación para dar a conocer al autor de Bajo el volcán, que era desconocido en Cuernavaca. Un día, exhibimos, en La Casona Spencer, Las manos de Orlac con Peter Lorre, allí estaba Leonardo y había traído a sus alumnos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Empezó a explicar la importancia de Las manos de Orlac en la novela, dijo que el título de la película estaba citado dieciocho veces en la novela (no le creí, por supuesto, pero años después supe que era cierto), dijo que Maurice Renard había escrito Les Mains d’Orlac, luego habló de la primera versión cinematográfica de 1924, del cine expresionista alemán, de la versión de 1935 con Peter Lorre bajo la dirección de Karl Freund que también había dirigido El Golem (1920), El último (1924), Metrópolis (1927), Berlín, sinfonía de una ciudad (1927) y después, habló de Peter Lorre y su brillante actuación en Las manos de Orlac y que había trabajado también con Hitchcock en El hombre que sabía demasiado (1934) y leyó el párrafo donde aparece por primera vez el nombre de la película en Bajo el volcán: “Sin aliento, se guareció bajo el pórtico en la entrada del teatro que, no obstante, parecía más bien la entrada de algún lóbrego bazar o mercado. En ella se apretujaban los campesinos que llegaban con sus canastas. Ante la taquilla, vacía por el momento y con la puerta entornada, una gallina solicitaba frenéticamente que se la admitiera (y aquí Leonardo llamó la atención sobre el humor desaforado de Lowry). Por doquier la gente encendía linternas o fósforos. La camioneta con el magnavoz se alejaba en medio de la lluvia y los truenos. ‘Las manos de Orlac’, anunciaba un cartel: ‘6 y 8.30’. ‘Las manos de Orlac, con Peter Lorre’”, y sugirió que para Lowry la película era importante porque le obsesionaba la obsesión del doctor Gogol por Yvonne Orlac, esposa del pianista Stephen Orlac; además, Gogol era un caballero educado y elegante que combinaba esa faceta con otra oscura y perversa, no sólo por la obsesión que sentía hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que lo llevó a asistir a ejecuciones de presos y que eso eran “ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que lo llevan a sentir terror de sí mismo” (Lowry dixit).

Leonardo era un experto, como pocos. Luego se fue a sentar entre los espectadores, en la oscuridad de la sala, como le gustaba estar, tras bambalinas, y empezamos a beber mezcal. Para cuando la película terminó, nosotros estábamos en otra dimensión: habíamos entrado al corazón del Cónsul y de algún modo, inexplicable, por supuesto, lo sabíamos todo. “¡Ah, dijo, todo es tan desmesurado!”.

Hace unos días, Óscar Menéndez me dijo: “Murió Leonardo Compañ”. No lo podía creer. Hablé con Óscar López, el editor de El Perro Azul (¿Se acuerdan?) y me dijo: “Sí, Leonardo murió”. “¡Ah, dije, todo es tan desmesurado!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18




Geoffrey Firmin, teólogo

“El Jefe de Jardineros empujó al Cónsul fuera del alcance de la luz, dio dos pasos adelante y disparó. El relámpago brilló como una oruga geómetra que bajase por el cielo y, tambaleándose, el Cónsul vio por un momento sobre su cabeza la silueta del Popocatépetl empenachado de nieve color esmeralda y bañado de luz…”
La vida tiene un fin abrupto e irremediable y de un momento a otro las personas desaparecen. Ante la insoportable paradoja de una conciencia que surge de la nada para volver a la nada, la mente de los hombres se vio obligada a elaborar un sistema que ayudara a eliminar la angustia de perderlo todo en un instante y prometiera la vida más allá de esta vida atribulada.
Pero el Cónsul Geoffrey Firmin es un agnóstico en el sentido en que el biólogo inglés T. H. Huxley acuñó el término en el siglo XIX, inspirado en la inscripción Agnostos Theos (Al Dios desconocido) que San Pablo afirmó haber visto en un altar de Atenas. El Cónsul está convencido de que nunca será capaz de descifrar los misterios de la creación y, por tanto, se limita a vivir en la finitud. Es la vida de cada día, el sentimiento de la vida de todos los días, la única causa de sentido, aunque, a la vez, nada tan vago, fugitivo y confuso como los días de la vida. Por tanto, no hay conclusiones y lo único sobrenatural es la belleza.
“Y de allí vine a Parián, al Farolito donde estoy sentado ahora, en un cuartito vecino a la cantina, a las cuatro y media de la madrugada, bebiendo ‘ochas’ y luego mezcal y escribiéndote... Creo conocer bastante el sufrimiento físico. Pero lo peor de todo es: sentir que se muere el alma. Me pregunto si, porque en verdad ha muerto mi alma esta noche, siento en este momento algo semejante a la paz…”
El Cónsul, como todos los humanos, impresionado por la muerte, también sistematiza su propia “teología” y su sistema es un intento por reconciliarse con el destino. Sabe que gracias a la muerte existen las pirámides y las catedrales y que la patología y la creatividad de la mente humana son caras de la misma moneda, lo vive en carne propia cada día y trata de llevarlo al límite. “Lejos, por encima de su cabeza, algunas nubes blancas perseguían ágiles, a una luna pálida y jorobada. Bebe toda la mañana, le decían, bebe todo el día. ¡Esto es vivir!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18



domingo, 1 de abril de 2018

La Estrella

El pasado viernes 30 de marzo, La Fundación Malcolm Lowry, en sesión plenaria y extraordinaria, reinauguró La Estrella después de que el edificio sufriera daños en su estructura con el temblor del 19 de septiembre de 2017.

La Cantina La Estrella perteneció desde 1930 a la señora Raquel Chávez y funcionaba en ese tiempo como "expendio" de alcoholes y abarrotes. Fue en 1960 cuando el señor Ignacio Ruiz Rocha compró el lugar para dejarlo, muchos años después, en manos de su hijo Roberto Ruiz que hasta la fecha mantiene la cantina y que se encargó de hacer la restauración para asegurar el funcionamiento de ese lugar sagrado.

Sursum Corda!










La realidad...


“Quédate donde estás –ordenó el Cónsul-. Por supuesto que veo el romántico aprieto en que se encuentran ambos. Vaya divertida la que deben haberse dado ambos todo el santo día sobándose las manos y cachondeándose tetas y chichis, so pretexto de salvarme... ¡Jesús! Pobrecito de mí tan indefenso, no había pensado en eso. Pero ¿ven?, todo se reduce a algo perfectamente lógico: también yo traigo entre manos mi mezquina lucha por la libertad”. Como explicó Malcolm Lowry a Jonathan Cape en su carta del 2 de enero de 1946: “Esta novela habla principalmente, para decirlo con palabras de Edmund Wilson (cuando habla de Gogol), de ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que le llevan a sentir terror de sí mismo”. Bajo el Volcán sigue el mismo camino que La Divina Comedia hacia el cielo y el infierno con la diferencia que aquí el cielo está en el mismo lugar en que se encuentra el infierno, es más, hay cielo o infierno sí y sólo sí existen acoplados. La tensión va subiendo a lo largo de la novela y es fácil imaginar a un tensor entre el texto y el lector que aumenta la presión en busca de una salida. Casi al final, mientras el Cónsul se encuentra en la cantina asediado por los policías que acabarán matándolo, él va leyendo fragmentos de cartas de Yvonne y varias veces se ensaya la salida clásica, la del final feliz: “Y ¡Dios mío! ¿Qué esperas? ¿Qué liberación puede compararse a la del amor? Mis muslos arden en deseos de estrecharte. El vacío de mi cuerpo no es sino el hambre que siento de ti. Mi lengua está seca en mi boca por la sed de nuestras palabras”. Pero Lowry no se siente satisfecho y renuncia a dar ese mal paso. Porque es cierto que el amor libera, con la misma intensidad con que, en sentido contrario, avasalla. Los amantes no logran encontrar el equilibrio, siempre acaba escapándoseles. En muchas otras circunstancias nos sucede lo mismo: por un momento estamos en el paraíso y casi inmediatamente, en el infierno. Infierno y paraíso son caras de la misma moneda, no es que uno sea bueno y otro malo, o feo y bonito, o placentero y repugnante, no. Es que ambos, son como son, y son en el mismo espacio y tiempo. Así ha sido la vida de todos desde los tiempos remotos: victoria y derrota a la vez. La muerte de Yvonne nos libera de la agonía del libro, la muerte del Cónsul nos libera de su agonía en el mundo y la muerte de ambos nos libera de la obligación del éxito. Lowry rompe con la estructura maniqueísta de la construcción del mundo entre polos opuestos; no hay bueno o malo, infierno o cielo, vida o muerte, ser o no-ser. Hay lo que hay, y punto.

FG
Quauhnáhuac
01.04.18


domingo, 25 de marzo de 2018

Correlativos...

“Nada ha cambiado, y a pesar de la misericordia de Dios, sigo estando solo. No hay explicación para mi vida... permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos. Enséñame a amar de nuevo, a amar la vida. Permíteme sufrir en verdad. Haz que me quede de veras solo para que pueda orar honestamente...” A lo largo de cuatrocientas páginas oímos transcurrir el último día de vida del Cónsul en Quauhnáhuac: el lector toma el libro, ese extraño objeto lleno de signos, busca la soledad y se hunde en la sustancia de los sueños: no hay allí deber ser ni categorías morales ni prescripciones ni dictámenes, nadie es poseedor de la verdad y cada uno tiene derecho a ser comprendido. Firmin vive ese día, momento tras momento, lleno de contradicciones; el lector va con él explorando todas las posibilidades de vivir una vida como la del Cónsul. El lector que sufre el encantamiento de Bajo el Volcán, hace suya la antigua fórmula de aquel Quijano, Quijada, Quesada o Quejana que acabó en Quijote: “tengo para mí que voy encantado y con esto me basta”, y se sabe solo en un paraíso infernal rodeado de fantasmas. Todos, el lector, Yvonne, Hugh, Laruelle, el doctor Díaz Vigil y los demás, viven como sospecho que han vivido los animales humanos desde tiempos remotos, dando tumbos y queriendo hacer “doctrina” donde, no sólo no hay, sino que no hace falta. A fuerza de racionalizar se nos escapa la verdad del mundo y, lo que es peor, la verdad de nuestro propio yo. Firmin, por el contrario, a la manera de Penélope, deshace en un solo día la tapicería que urdieron teólogos y filósofos, y nos ofrece un mundo de signos contrarios donde la esencia de la poesía no está en la acción sino en la interrupción de la acción. Al vertiginoso movimiento del mundo contrapone la paz y la dulzura de un atardecer sangrante.

El siglo XVIII hizo suya la frase de Leibniz: nihil est sine ratione, y la mente racional del hombre examinó con avidez el porqué de todas las cosas al punto que llegó a pensar que todo lo que existe es explicable y por tanto calculable, de manera que la persona que desee dar sentido a su vida debe renunciar a cada gesto que no contenga su causa y su propósito. Firmin, por el contrario, encuentra en Quauhnáhuac el camino que lo lleva a la destrucción de ese cosmos racional y llega al extremo de proponer la idea de que la esencia de la poesía está del otro lado de la frase de Leibniz, en lo incalculable, lo inseguro, lo casual, lo imprevisto, lo incierto y por tanto en la confusión y el pasmo. “Nada de nada. Menos que nada. Países, civilizaciones, imperios, grandes hordas perecen sin razón alguna, y su alma y significado perecen junto con ellos para que algún anciano del que quizás nunca hayas oído hablar y que nunca oyó hablar de ellos, que se derrite en Tombuctú y comprueba la existencia del correlativo matemático del ignoratio elenchi con instrumentos anticuados, pueda sobrevivir”.

FG
Casa Xitla
25.03.18


domingo, 18 de marzo de 2018

Quauhnáhuac!


Los Tlalhuicas fundaron Cuauhnáhuac en el costado poniente de la barranca de Amanalco hacia el 1400. Desde entonces, modificándose, pagando el paso del tiempo, desmoronándose y edificándose, sobrevivió a todo y se dispuso para recibir al único Cónsul de su vida. Firmin amó la Cuernavaca de 1930, que fue para él un lugar del mundo convertido en símbolo del mundo y el único donde era posible estructurar una ardua trabazón de nudos amorosos. “Abajo, ligeramente a la derecha, en el gigantesco atardecer encarnado cuyo reflejo sangraba en las piscinas desiertas esparcidas por doquier como otros tantos espejismos, extendíanse la paz y la dulzura de la ciudad”.

Comenzando con aquellos días en que caminaba con los Taskerson y siguiendo “al ebrio mundo que, girando desaforado, precipitábase a la 1:20 p.m. hacia la Mariposa de Hércules”, Firmin llegó a Quaunáhuac después de circular el orbe. Desde los campos de Cape Code, Massachussets, hasta la India y el sur de Inglaterra; vio París y Granada y el norte de Europa; navegó, bamboleándose en el océano, rutas de guerra y de paz y fondeó en los mares más íntimos; recorrió el Himalaya, los Alpes y la tierra fría del norte y, al fin, llegó a Quaunáhuac para vivir en el límite del mundo, porque aquí encontró la frontera de la civilización: “una carretera amplia y hermosa, de estilo norteamericano, entra por el norte y se pierde en estrechas callejuelas para convertirse, al salir, en un sendero de cabras.” Entró por el norte con todos los pertrechos de la cultura judeocristiana y recorriendo las retorcidas calles de la ciudad, subiendo y bajando, asimilando y dejándose nutrir por una cultura de “indios harapientos”, como si fuera procesado en un delicado sistema digestivo, acabó destruyendo su aparato teórico crítico y buscando, por ósmosis y capilaridad, la esencia del ser. Firmin, en Quaunáhuac, devino místico, iniciado en los antiguos ritos del alcohol, y no cualquier alcohol, porque hay grados, sino del mezcal. Así, de pronto se encontró con su contradicción más penetrante: ser a la vez un vidente preocupado por la soledad y un amante inconsolable en busca de una mujer a quien ama y odia a la vez, como debe ser en todo amor profundo.

Además, en Quaunáhuac Firmin se libró de un mal notable que es ya epidemia, ¡Dios nos libre!, la falta de raíces. Porque, aquí, donde todo se reduce a polvo, encontró tierra para quedar bien plantado, arraigado; poderoso y simple. Solamente entró por una carretera de estilo norteamericano, o por las vías de un tren con vagones de estilo europeo, o en un avioncito parecido a un “minúsculo demonio rojo, alado emisario de Lucifer”, y salió al sur, a la sola y dolorosa tierra, con sus caminos surcando el viejo mundo, con sus prodigiosas tardes, con su luna llena de mares, con su Iztaccíhuatl y Popocatépetl, “imagen del matrimonio perfecto”, con sus serpeantes barrancas que van al inframundo y con “algunos zopilotes, más gráciles que las águilas, que aguardaban flotando en lo alto como los papeles quemados que escapan de una hoguera y a los que de pronto se ve volar, meciéndose, hacia arriba”.

FG
Quaunáhuac
18.03.18


Fotografía del archivo de La Casona Spencer